Mi madre y yo nos mudábamos porque mis padres se acababan de separar. Mi madre ya es un poco mayor, tiene cuarenta y cinco años, pero mi padre era algo más joven, iba siempre de fiestas y no tenía una buena relación con él, por eso no me importó tanto que se separaran. Tenía treinta y siete.
Mi madre buscaba un pueblo pequeño y tranquilo, de esos que no haya nada, y que todo lo que necesites lo encontrarás en las ciudades de al lado. Ese pueblo era Torremejía.
Mi madre pensó ir allí, ya que ella vivía allí de chica, y tenemos algunos familiares por ese pueblecito.
Eran las siete de la mañana y nos quedaba algo menos de una hora para llegar allí. Veníamos de Sevilla, y mi madre me dijo que tendríamos que pasar por Almendralejo, que era el lugar donde estudiaría de ahora en adelante.
Cuando llegamos a Torremejía eran las ocho menos diez.
Mi madre señaló con un dedo el autobús que se dirigía en dirección contraria a la nuestra.
-En ese autobús vas a ir al instituto.-Dijo con tono emocionado.
Yo no dije nada. Solo miraba al autobús. Cuando pasó por nuestro lado sentí una rara sensación, era como un pequeño mareo y a la vez una atracción hacia el autobús. Entonces… alcé la cabeza, para mirar a dos muchachos que me miraban fijamente, con la misma cara que yo. Uno tenía un papel, que dejó de mirar para mirarme fijamente. No sé qué me pasaba. Cuando el autobús pasó, miré a mi madre, ella sonrió.
-¿Te has mareado?
-Eso creo.-Balbuceé.
-Yo también.-Sonrió otra vez.- Ahí había dos chicos iguales que nosotras.
-¡¿Qué?!-Pregunté impresionada.
-Sí, siempre que sientas la sensación de ahora -se notaba que ella también lo había sentido- significa que hay a tu alrededor personas como nosotras.
-¡Pero tú nunca me has dicho que existieran más personas con poderes!-Estaba muy enfadada.
-Hay muchas formas de convertirse, y tu ya lo sabes.-Tenía razón.
-Vale, pero… ¿Quiénes?
-Eso no lo sé. Seguro que tú con tu poder lo averiguas.-Rió.
Paramos de hablar, habíamos llegado.
Parecía que mi madre sabía perfectamente adonde nos dirigíamos. Aparcó el coche enfrente de un hotel iluminado. Salimos del coche y entramos en él.
En el mostrador no había nadie, pero en el bar del hotel estaba el camarero.
-Perdone señor, ¿Dónde se reservan las habitaciones?-Preguntó mi madre acercándose a él.
-Espere un momento, ahora voy. -Dijo el hombre. En realidad no era un hombre, sino un adolescente, le echaba unos dieciocho.
El hotel no parecía muy convincente, en las letras de fuera ponía hostal y solo se iluminaban dos. Además el camarero también era recepcionista.
El muchacho caminó hasta el mostrador y nos dijo qué habitación es la nuestra y lo que pagaríamos al mes.
Mi madre pensaba que estaríamos aquí hasta encontrar una casa.
Subimos a la habitación. Era muy pequeña, por eso valía tan barato. Había una sala, un servicio y una habitación. Pero se estaba bien allí.
Cuando terminamos de instalarnos decidimos dar un paseo por el pueblo, para verlo e ir conociéndolo.
El pueblo era muy chico, pero había bastantes cosas, aunque no tiendas de ropa.
Eran las tres menos algo, y decidimos ir a comer a algún restaurante, ya que en el hostal no se comía, solo era para dormir.
En ese momento pensaba en el autobús, en los chicos que me miraban. Si en realidad eran como yo, me encantaría hacerme amiga de ellos.
Íbamos a cruzar la carretera para ir a un restaurante llamado Almeda, y entonces los vi, mi madre, por supuesto, miró antes, pero yo miré justo a tiempo como para ver otra vez las mismas caras, empecé a sentir otra vez esa rara sensación y el corazón me empezó a latir muy fuerte. Los dos chicos del autobús estaban de pie, mirándonos, y vi como se decían algo.
-Ahí están.-Me dijo mi madre sin apartar la vista.
Yo no dije nada.
Cruzamos la carretera y cuando íbamos a entrar en el restaurante miré para atrás. Me estaban mirando, allí, completamente inmóviles. Nos miramos durante unos segundos que se hicieron eternos, pero como vi que no decían nada, me entré.
Comimos muy bien, la comida estaba muy buena. Primero nos pusieron algo para picar, mientra se hacía lo demás. En poco tiempo nos pusieron un pollo que estaba riquísimo, con una salsa… Además después nos pusieron unos filetes de lomo con ajo, y de postre unos helados.
El único inconveniente que hubo durante la comida fue, que en todo momento, no dejé de pensar en los dos chicos, mirándome. ¿Qué poder tendrían?
Terminamos de comer, y como en el hostal no se podía estar mi madre decidió ir a buscar trabajo.
-Yo me quedaré viendo el pueblo, ¿vale?-Dije mirando a mi alrededor, para quedarme bien con el camino.
-Vale. Nos encontramos aquí a las siete y media.-Dijo montada ya en el coche y poniéndolo en marcha.
Mi madre ya se había ido cuando levanté la mirada de ver el reloj. Eran las seis menos diez. ¿Qué voy a hacer hasta las siete y media?
Crucé la carretera para encontrarme enfrente del hostal. Empecé a ver el pueblo.
Primero fui a un parque que se encontraba a la izquierda. No había nadie. Me resultó muy raro, ya que hoy hacía un buen día, con el sol que iluminaba todo pero no hacía calor. El día perfecto. Para mí. Pensé que sería porque yo estaba acostumbrada a ver siempre toda la gente por las calles, que no tienes espacio ni para andar bien, y siempre vas con sumo cuidado de no tropezar. Pero aquí era distinto, de vez en cuando veía alguna persona, que me saludaba como si me conocieran de toda la vida.
Dejé de pensar. En ese momento me empezó a entrar otra vez esa rara sensación. Miré a mi alrededor para buscarlos con la mirada, pero no los encontraba. Decidí andar un poco más adelante para ver en la siguiente calle, fui corriendo, cada vez la sensación era más fuerte.
Cuando iba a ver por la esquina… tropecé con alguien. En ese momento la sensación era más fuete que nunca. Eran dos chicos, los dos chicos.
-Uy lo siento, no miraba por donde iba.-Dije levantándome del suelo.
Los chicos no dijeron nada. Me miraban con los ojos como platos. Yo intenté controlar esa sensación, pero parecía que ellos no hacían nada, solo me miraban.
-¿Hola?-Dije mirándolos fijamente.-Ya me he disculpado.
-… A… no… no pasa nada.-Dijo el mayor.
-Adiós…-Dijo el otro tirándole del brazo al anterior.
Yo no miré para atrás, pero sentía sus miradas clavadas en mí, mirándome fijamente.
Eran ellos, pensé. No sabía qué hacer. Tenía que hablar de algún modo con ellos. Podría esperar y confiar en mi poder, pero creo que tardaría mucho. Otra opción era seguirles, espiarles, y saber más de ellos. Me quité la segunda opción de la cabeza. Eso estaría mal, ir espiando a las personas, y además si eres nueva en el pueblo.
Miré el reloj, eran las siete pasadas. Todavía me falta media hora.
Vi que por aquí no había nada, entonces decidí visitar la parte de abajo del pueblo. Me di media vuelta y empecé a caminar.
De vez en cuando me cruzaba con gente, que evidentemente no conocía. Ellos se me quedaban mirando descaradamente a la cara, yo solo bajaba la cabeza y miraba el suelo.
Seguí caminado, no veía ningún cartel en el que pusiera el nombre de las calles, y pensé que estarían más arriba.
Alguna vez que otra me entraba la sensación, aunque se quitaba muy pronto. Pensé que sería porque estarían paseando, y a veces, bastante cerca de mí.
En la segunda calle torcí a la derecha, y subí hasta el final de la calle, que era cortísima, al igual que todas las demás de este pueblo.
Allí vi un cartel y leí su nombre <
Eran las siete y cuarto, y mientras me dirigía donde quedamos con mi madre -que me resultó casi imposible encontrar el lugar- me aprendí el nombre de más calles como <
Me quedé con el nombre de todas, e intenté también acordarme de donde estaban.
A la mañana siguiente me desperté con muchas ganas de volver a ir a ver el pueblo. Aunque en realidad estaba esperando encontrarme con ellos.
-Buenos días, Iris.-Me saludo mi madre al ver que estaba despierta.
-Buenos días mamá.-Dije mirándola de arriba a bajo. Me quedé embobada.-¿Mamá, encontraste trabajo?
Mi madre estaba vestida con unos pantalones muy lisos negros, camisa blanca y chaqueta negra. Igual que una secretaria.
-Ya ves…-Dijo riéndose.
-Guau… ¡es genial!-La abracé.-Pero ¿usaste tu poder?
-Sí, pero solo para predecir el lugar donde me darían el trabajo.-Dijo sonriendo.-¿Y tú? ¿No funciona tu poder?
-De momento no…
-¡Me voy! Ya son las ocho menos veinte.
-¡¿Las ocho menos veinte?! ¿Y que hago despierta tan temprano?
-Tal vez sea tu poder…-Dijo mientras me guiñaba un ojo.
Bajamos las escaleras, ya que vivíamos en el piso de arriba. Mi madre se montó en el coche y se despidió con un beso. Yo decidí volver a investigar.
Me dirigí ha la derecha, ya que escuchaba gente y camiones. Solo para ver qué era. Cuando llegué me di cuenta de que no eran camiones, sino autobuses. Me quedé mirando un autobús. Creí haberlo visto… ¡Era en el que viajaban los niños! Miré alrededor para buscarlos, pero no estaban. Había un corro de gente allí, a lo lejos. Entonces empezó la sensación. Estaban en ese corro. Rodeados. Entonces… empezaron a sonar todos los móviles, las luces de las casas se encendieron, las farolas empezaron a parpadear hasta explotar… Eran ellos, tenía que hacer algo…
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